Una revolución silenciosa en tu plato: Cómo Chile prohíbe el plástico de un solo uso

por Layla Vicente

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¿Has notado cómo ha cambiado tu experiencia típica en una cafetería durante el último año? Ya no te ponen automáticamente una cuchara de plástico junto a la taza de café, tienes que pedir una pajita por separado y cada vez ves más botellas retornables en los supermercados. Esto no es una coincidencia ni un capricho de los dueños de las cafeterías. Es una nueva fase de la Ley 21.368, que entró en vigor el 13 de febrero de 2026, y está cambiando radicalmente nuestros hábitos diarios. Los expertos la consideran la fase más ambiciosa de la “ley del plástico” de Chile: busca reducir los residuos que han llenado los vertederos y contaminado los ecosistemas durante décadas. Y está funcionando.

¿Qué ha cambiado exactamente desde febrero? Si comes en una cafetería, restaurante o patio de comidas, el plástico de un solo uso ha desaparecido por completo. Platos, vasos, cubiertos: todo debe ser reutilizable. Solo se hacen excepciones para alternativas biodegradables certificadas: madera, cartón o papel. Para los pedidos para llevar, las normas son algo más flexibles: se permite la vajilla desechable, pero no la de plástico tradicional, sino únicamente la reciclable o la compostable certificada de origen renovable. Sin embargo, ya no se proporcionan automáticamente cucharas, tenedores ni pajitas; deben solicitarse. Este sencillo paso, según los ecologistas, ya ha reducido la cantidad de artículos de plástico de un solo uso en circulación en decenas de puntos porcentuales.

Los cambios son especialmente notables en los supermercados. Ahora, al menos el 30 % del espacio en las vitrinas de bebidas debe destinarse a envases retornables, las mismas botellas que se pueden devolver y reutilizar. Esto obliga a las grandes cadenas minoristas a revisar sus contratos con los proveedores y a los fabricantes a invertir en la logística de devolución y limpieza de los envases. El proceso no es sencillo: las bebidas importadas y los productos de pequeños productores están actualmente exentos de este requisito, pero también se incorporarán gradualmente al sistema. Para el consumidor medio, esto supone una pequeña molestia —tener que acordarse de devolver la botella—, pero el precio de la bebida suele ser más bajo porque no se paga por el envase.

Detrás de la aparente simplicidad de estas normas se esconde un enorme trabajo técnico. En enero de 2026, el Ministerio del Ambiente emitió una normativa detallada que define qué significa realmente “plástico compostable”. Resulta que simplemente etiquetar el envase como “bio” no es suficiente. Para obtener la certificación, un producto debe ser al menos un 90 % biodegradable en compost doméstico en el plazo de un año y contener al menos un 20 % de materiales renovables, como materiales de origen vegetal. Además, para etiquetar una botella como “reciclada”, el plástico debe recolectarse y procesarse en Chile, con trazabilidad completa de su origen. Cada botella recibirá un código QR que, al escanearlo, permite consultar todo el historial del material.

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