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Ecología

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Imagina un hotel en el corazón del desierto más árido del mundo, alimentado por energía solar, que recolecta agua de lluvia y con una mínima huella ecológica. Esta no es una visión futurista, sino la realidad del desierto de Atacama en 2026. Chile ha declarado este año el “Año de la Aventura Sostenible”, y el desierto se ha convertido en un campo de pruebas para un nuevo modelo turístico: uno que no destruye el singular entorno natural, sino que lo preserva para las generaciones futuras. Una serie de eco-lodges alimentados por energía solar están abriendo sus puertas a lo largo del desierto, y la infraestructura, las rutas turísticas y la gestión ambiental se integran ahora bajo los principios del desarrollo sostenible.

La elección de Atacama no fue casual. Es uno de los lugares más extremos del planeta: no llueve durante años y la radiación solar alcanza niveles récord. Estas condiciones convierten al desierto en un laboratorio ideal para la energía renovable en la infraestructura turística. Los paneles solares proporcionan electricidad y agua caliente no solo a hoteles, sino también a centros de observación astronómica (el desierto de Atacama es el mejor lugar del mundo para el astroturismo) y centros culturales para encuentros con pueblos indígenas. Los turistas disfrutan de una experiencia única: pueden pasar la noche en una zona remota, disfrutando del silencio absoluto y un cielo estrellado, sabiendo que su presencia no perjudica el frágil ecosistema.

La estrategia de Chile para 2026 se basa en tres pilares. El primero es la integración de energías renovables en la infraestructura turística. Esto significa que cualquier nuevo proyecto de hotel, camping o centro turístico en áreas naturales debe diseñarse para maximizar el uso de la energía solar y eólica. El segundo es el desarrollo de rutas turísticas bajas en carbono: vehículos eléctricos para traslados, rutas en bicicleta y a pie en lugar de autobuses, y productos locales en lugar de importados. El tercero es la distribución equitativa de los beneficios económicos del ecoturismo entre las regiones, de modo que la riqueza natural no solo enriquezca a los operadores turísticos con capital, sino que también beneficie a las comunidades locales. Este modelo ya está dando resultados. En el primer semestre de 2026, la demanda de alojamientos ecológicos en Chile aumentó decenas de puntos porcentuales, especialmente entre los turistas internacionales de Europa y Norteamérica, para quienes la sostenibilidad se ha convertido en un criterio de selección importante. Las autoridades locales señalan que el desierto, donde antes los turistas dejaban montañas de botellas de plástico y fogatas sin apagar, se está limpiando gradualmente. Los sistemas de recolección y eliminación de residuos en zonas remotas están bien establecidos, y se aplican multas estrictas a quienes infringen las normas ambientales. Incluso medidas sencillas, como la prohibición de plásticos de un solo uso en hoteles y cafeterías, están dando resultados: la gente empieza a pensarlo dos veces antes de comprar agua embotellada cuando hay una fuente de agua filtrada cerca.

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Mientras se aprueban leyes y se firman acuerdos internacionales en la capital, el cambio real se produce en las comunidades donde la gente común vive y trabaja. Desde el desierto de Atacama hasta los bosques de Aysén, desde la costa de Valparaíso hasta los viñedos del Maule, se están impulsando proyectos en todo el país que transforman la basura en un recurso y los desechos en una oportunidad. La financiación proviene de diversas fuentes: el Fondo de Protección Ambiental (FPA), programas internacionales como Euroclima e iniciativas privadas. Y los resultados ya son impresionantes. En 2026, los proyectos ambientales locales habrán pasado de ser experimentos a una implementación sistemática.

Comencemos con el Maule, una región a menudo eclipsada por destinos turísticos más conocidos. En enero de 2026, el Fondo de Protección Ambiental anunció a los ganadores de su concurso anual entre organizaciones públicas. Ocho iniciativas de los municipios de Curicó, Longaví, Parral, Empedrado, San Clemente y Licantén recibieron financiación para proyectos en las áreas de educación ambiental, economía circular, gestión sostenible de residuos, conservación del agua y conservación de la biodiversidad. Particularmente importante fue la participación de comunidades indígenas: la asociación Kom Mapu Ko de Curicó y la comunidad Los Lupallante de Longaví obtuvieron subvenciones, algo que, según representantes del ministerio, no ocurría en la región desde hace muchos años. Esta reintroducción del conocimiento tradicional sobre gestión territorial en la política ambiental oficial es un ejemplo singular y valioso de inclusión.

A principios de este año se puso en marcha un proyecto aún mayor con el apoyo de la Unión Europea. “Implementando la Acción Climática Subnacional” —nombre del programa Euroclima, junto con sus socios chilenos (AECID, AGCID y el Ministerio del Ambiente)— brindará apoyo a 14 municipios en cinco regiones: Tarapacá, Antofagasta, la Región Metropolitana, Bío-Bío y Aysén. El objetivo principal es transformar los planes climáticos en proyectos de inversión tangibles sobre el terreno, con resultados ambientales, sociales y económicos concretos. Esto responde al problema clave identificado por los expertos: la brecha entre las estrategias ambiciosas y su implementación.

¿Qué significa esto en la práctica? Las comunidades recibirán asistencia para desarrollar e implementar planes municipales de clima y gestión de residuos. Se crearán más modelos de gestión circular y se fortalecerá la resiliencia climática de sus territorios. Participan tanto grandes ciudades como pequeños municipios rurales; para estos últimos, esta suele ser la única oportunidad de atraer conocimientos especializados y recursos para abordar los problemas ambientales acumulados. Cabe mencionar que el programa Euroclima forma parte de la estrategia “Global Gateway” de la Unión Europea y abarca 33 países de América Latina y el Caribe, por lo que Chile se encuentra en buena compañía en este sentido.

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¿Has notado cómo ha cambiado tu experiencia típica en una cafetería durante el último año? Ya no te ponen automáticamente una cuchara de plástico junto a la taza de café, tienes que pedir una pajita por separado y cada vez ves más botellas retornables en los supermercados. Esto no es una coincidencia ni un capricho de los dueños de las cafeterías. Es una nueva fase de la Ley 21.368, que entró en vigor el 13 de febrero de 2026, y está cambiando radicalmente nuestros hábitos diarios. Los expertos la consideran la fase más ambiciosa de la “ley del plástico” de Chile: busca reducir los residuos que han llenado los vertederos y contaminado los ecosistemas durante décadas. Y está funcionando.

¿Qué ha cambiado exactamente desde febrero? Si comes en una cafetería, restaurante o patio de comidas, el plástico de un solo uso ha desaparecido por completo. Platos, vasos, cubiertos: todo debe ser reutilizable. Solo se hacen excepciones para alternativas biodegradables certificadas: madera, cartón o papel. Para los pedidos para llevar, las normas son algo más flexibles: se permite la vajilla desechable, pero no la de plástico tradicional, sino únicamente la reciclable o la compostable certificada de origen renovable. Sin embargo, ya no se proporcionan automáticamente cucharas, tenedores ni pajitas; deben solicitarse. Este sencillo paso, según los ecologistas, ya ha reducido la cantidad de artículos de plástico de un solo uso en circulación en decenas de puntos porcentuales.

Los cambios son especialmente notables en los supermercados. Ahora, al menos el 30 % del espacio en las vitrinas de bebidas debe destinarse a envases retornables, las mismas botellas que se pueden devolver y reutilizar. Esto obliga a las grandes cadenas minoristas a revisar sus contratos con los proveedores y a los fabricantes a invertir en la logística de devolución y limpieza de los envases. El proceso no es sencillo: las bebidas importadas y los productos de pequeños productores están actualmente exentos de este requisito, pero también se incorporarán gradualmente al sistema. Para el consumidor medio, esto supone una pequeña molestia —tener que acordarse de devolver la botella—, pero el precio de la bebida suele ser más bajo porque no se paga por el envase.

Detrás de la aparente simplicidad de estas normas se esconde un enorme trabajo técnico. En enero de 2026, el Ministerio del Ambiente emitió una normativa detallada que define qué significa realmente “plástico compostable”. Resulta que simplemente etiquetar el envase como “bio” no es suficiente. Para obtener la certificación, un producto debe ser al menos un 90 % biodegradable en compost doméstico en el plazo de un año y contener al menos un 20 % de materiales renovables, como materiales de origen vegetal. Además, para etiquetar una botella como “reciclada”, el plástico debe recolectarse y procesarse en Chile, con trazabilidad completa de su origen. Cada botella recibirá un código QR que, al escanearlo, permite consultar todo el historial del material.

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Imagina un país donde cada fabricante es responsable no solo de la calidad de su producto en el estante, sino también de lo que sucede con él después de que lo desechas. En Chile, esto ya no es ciencia ficción, sino una realidad consagrada en la ley. Hablamos de la Ley REP (Responsabilidad Extendida del Productor), que está transformando gradual pero inexorablemente todo el sistema de gestión de residuos. Antes de su adopción, Chile generaba decenas de millones de toneladas de residuos anualmente con una tasa de reciclaje de apenas el 10%, una de las más bajas de la región. Hoy, el país está transitando activamente del modelo lineal de “crear-usar-desechar” a una economía circular, y 2026 marca un verdadero avance en esta dirección.

Enero de 2026 marcó varios eventos importantes. El Ministerio de Salud aprobó una nueva normativa sanitaria que establece requisitos uniformes para el funcionamiento de los “puntos verdes”, los puntos limpios y los centros de acopio de residuos en todo el país. El documento, publicado en el Boletín Oficial el 14 de enero, define las normas técnicas para infraestructura, contenedores, señalización, así como las regulaciones de control de vectores y prevención de incendios. La principal innovación es un procedimiento sanitario simplificado para estas instalaciones, que debería agilizar su implementación en los municipios. Todos los Puntos Verdes existentes disponen de tres años para adaptarse, y las nuevas instalaciones deben cumplir con las normas en el plazo de un año a partir de la entrada en vigor de la normativa en julio de 2026.

Pero la novedad más interesante se refiere al plástico. El 7 de enero de 2026 entró en vigor la nueva normativa que implementa la Ley n.º 21.368 sobre la regulación del uso de plásticos de un solo uso y botellas de plástico. Ahora, cualquier producto etiquetado como plástico “certificado” debe cumplir con criterios estrictos: al menos un 90 % de descomposición en un año en compostaje doméstico o seis meses en instalaciones industriales, y contener al menos un 20 % de material procedente de fuentes renovables. Los fabricantes están obligados a someterse a una verificación independiente, y el embalaje debe incluir un código QR para que cualquier cliente pueda verificar la autenticidad del certificado.

Se han establecido objetivos específicos para el contenido reciclado de botellas de plástico. A partir de 2025, la meta es que al menos el 15 % del plástico se recoja y recicle a nivel nacional. Para 2030, este objetivo aumenta al 25 %, para 2040 al 50 % y para 2060 al 70 %. Pero eso no es todo. Los grandes supermercados ahora deben dedicar al menos el 30 % de su espacio de exhibición a botellas retornables, es decir, botellas que se pueden devolver y reutilizar. Las bebidas y productos importados de pequeñas y medianas empresas están actualmente exentos de este requisito, pero la tendencia es clara: los productos reutilizables se están convirtiendo en la norma, no en una alternativa.

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En materia de energías renovables, Chile se encuentra entre los líderes mundiales. El desierto de Atacama, conocido como el lugar más árido del planeta, se está transformando en una gigantesca planta de energía solar, capaz de abastecer no solo al país, sino también de marcar tendencia en toda Latinoamérica. Algunos de los proyectos de generación y almacenamiento de energía más grandes del mundo se están construyendo aquí, con la participación de gigantes internacionales. Esto no es solo un avance tecnológico, sino una verdadera oportunidad para que Chile reduzca su dependencia de los combustibles fósiles, atraiga miles de millones en inversión y cree miles de empleos. Y, lo más importante, es una contribución a la lucha global contra el cambio climático, cuyos efectos ya se sienten en las ciudades y aldeas chilenas.

Uno de los proyectos recientes más destacados es el complejo Oasis de Atacama, construido por la empresa española Grenergy. Una vez finalizado, contará con 1 GW de generación solar y 4,1 GWh de sistemas de almacenamiento de energía. Para ponerlo en perspectiva, esto es suficiente para abastecer de energía a aproximadamente 145.000 hogares, reduciendo las emisiones de CO₂ en más de 146.000 toneladas anuales. Aún más ambicioso es el proyecto Oasis Central, desarrollado por la misma empresa en colaboración con BYD Energy Storage de China. Su capacidad total alcanzará aproximadamente 1,1 GW de generación solar y 4 GWh de almacenamiento de energía, con una inversión total estimada en 900 millones de dólares. Estas cifras son impresionantes incluso en comparación con los gigantes energéticos mundiales.

Lo que hace que estos proyectos sean particularmente significativos para Chile es que abordan el principal desafío de las energías renovables: la volatilidad. El sol no brilla las 24 horas del día, los 7 días de la semana, y el viento no siempre sopla. Los potentes sistemas de baterías permiten almacenar energía durante las horas pico de generación y liberarla a la red cuando la demanda es alta y la producción disminuye. Para Chile, donde la radiación solar en la Sierra de Atacama alcanza niveles récord, esta tecnología ofrece oportunidades únicas. Por cierto, la empresa española Grenergy ya ha firmado un acuerdo con BYD para suministrar 468 baterías MC Cube T con la innovadora tecnología Blade Battery, uno de los mayores contratos de este tipo en el mundo.

Al mismo tiempo, se está desarrollando otro sector importante: las finanzas verdes. En enero de 2026, Chile emitió los primeros bonos soberanos del mundo con condiciones financieras directamente vinculadas a la conservación de la biodiversidad. El volumen de la emisión fue de 1.500 millones de euros. El mecanismo es único: el país recibe una reducción en el tipo de interés si cumple con los objetivos ambientales, en lugar de ser penalizado por incumplimiento, como ocurría anteriormente. Los objetivos son ambiciosos: aumentar las áreas de tierras protegidas del 21,6% actual a al menos el 30% para 2030, y garantizar la gestión eficaz del 10% del territorio nacional. Esto significa que el crecimiento económico y la protección del medio ambiente van de la mano.

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