La experiencia de la ciudad de Valdivia, que ha demostrado estar a la vanguardia del país, es particularmente interesante. La cafetería local Entre Lagos recibió el certificado “Más que Plástico” por cumplir con los nuevos requisitos antes de lo previsto. La alcaldesa Carla Amtmann señala que esto no es solo una victoria ambiental, sino también una ventaja de marketing: tanto turistas como residentes eligen cada vez más establecimientos que se preocupan por el medio ambiente. Este ejemplo demuestra que la transición hacia el consumo sostenible puede ser económicamente beneficiosa, no solo una carga.
La magnitud del problema que la ley busca abordar es enorme. Según estimaciones del gobierno, Chile produce aproximadamente 23.000 toneladas de residuos plásticos de un solo uso al año. Una parte significativa de estos termina en vertederos, ríos y, finalmente, en el océano. El plástico tarda cientos de años en descomponerse, transformándose en microplásticos, que ahora se encuentran en el agua potable, los peces e incluso en el cuerpo humano. La nueva normativa busca romper esta cadena en su etapa más efectiva: el consumo. En lugar de intentar reciclar toneladas de residuos a posteriori, la ley evita que se generen.
Y lo más importante, esta no es una campaña puntual, sino una estrategia a largo plazo con demandas crecientes. Para 2030, la proporción de plástico reciclado en las botellas debe alcanzar el 25%, para 2040 el 50% y para 2060 el 70%. El Ministerio de Medio Ambiente debe revisar la normativa cada cinco años para ajustar los objetivos a medida que se desarrolla la infraestructura de reciclaje. Así pues, lo que vemos hoy es solo el principio. Cada vez que pides un vaso sin pajita o eliges una bebida en una botella retornable, votas por un futuro donde el plástico no inunde el planeta. Es una revolución silenciosa pero poderosa. Y está ocurriendo ahora mismo, ante nuestros ojos.
