Una vida sin vertederos: Cómo las comunidades chilenas construyen una economía circular

por Layla Vicente

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El proyecto del FMAM “Comunidades para el Desarrollo Sostenible”, lanzado en enero de 2026 con el apoyo de la FAO y el Ministerio de Medio Ambiente, merece especial atención. Se destinarán fondos por un total de casi un millón de dólares (incluidos más de 838.000 dólares del Fondo para el Medio Ambiente Mundial) a trabajar con las comunidades locales, principalmente pueblos indígenas y organizaciones de pescadoras. Esto implica la creación de mesas redondas locales para la gestión de los ecosistemas costeros y marinos, un paso crucial para un país con 6.500 kilómetros de costa. Grupos de mujeres, comunidades indígenas, pescadoras y agencias gubernamentales identificarán conjuntamente las prioridades de gestión costera. Esto reconoce que la ecología no puede ser una solución vertical: requiere la inclusión de todas las voces.

Los proyectos tecnológicos innovadores también son importantes. En la región de La Araucanía, el proyecto “Papa Huella Cero” —una papa con cero emisiones de carbono— se lanzará en 2026. Está siendo implementado por INIA Carillanca con financiamiento del Fondo de Innovación Agropecuaria (FIA). En Tocopilla, se ha puesto en marcha un proyecto piloto que utiliza inteligencia artificial para reducir la pérdida de agua en las redes de agua urbanas, un problema particularmente grave en Chile, donde la sequía se ha vuelto crónica. Finalmente, el proyecto LodoVerde de Sacyr transforma los lodos residuales en biofertilizante para la agricultura, cerrando así otro ciclo en la economía de los recursos.

Es importante comprender que estos proyectos no son aislados. Forman un panorama unificado, donde todos los niveles de gobierno y la sociedad actúan en conjunto. El Estado crea el marco y financia los proyectos piloto, los municipios adaptan las soluciones a las condiciones locales, los socios internacionales aportan conocimientos especializados y recursos adicionales, y los ciudadanos y las comunidades se convierten no solo en receptores de servicios, sino en participantes activos del cambio. Esta es una verdadera economía circular: no un concepto teórico, sino un sistema vivo y funcional que, gradualmente, reemplaza la lógica lineal de “extraer-usar-desechar” por la lógica cíclica de “producir-usar-reutilizar”.

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